Hay tradiciones que se cuentan. Y hay otras que se pedalean.
Desde 1988, las bicicleteadas forman parte de la historia del Colegio Fasta Santo Domingo de Guzmán. Cada año, cientos de ruedas giran al mismo tiempo por las calles y los caminos de nuestra comunidad educativa. No es solo una actividad recreativa: es una forma de enseñar sin palabras lo que somos.

Todo empezó en una plaza: el origen de la bicicleteada.

Corría el año 1988. El Colegio funcionaba en una casita de calle Dean Funes, con pocos alumnos y un sueño grande. Para el Día del Alumno, alguien tuvo una idea simple y genial: llevar a los chicos de Jardín y primer grado hasta la Plaza Jerónimo del Barco. Cada uno con lo que tuviera bici, triciclo, karting o simplemente las ganas de estar, porque lo importante nunca fue el vehículo. Era ir juntos.
Nadie sabía, en ese momento, que acababa de nacer una tradición que atravesaría generaciones.
El primer gran viaje: cuando la bicicleteada tuvo un propósito.
El verdadero salto llegó con un hito histórico para la institución: la compra del terreno de Av. Zipoli, el lugar donde hoy funcionan los Niveles Inicial y Primario. En medio de los festejos de la Semana Dominicana, un equipo de docentes soñó con algo distinto: llegar hasta ese terreno en bicicleta.
No fue un capricho. Detrás de esa idea había una intención clara:
- Ofrecer la bicicleteada a nuestro Santo Patrono.
- Visibilizar el lugar donde nacería el nuevo Colegio.
- Mostrarle a la comunidad quiénes éramos y qué nos hacía distintos.
Docentes y alumnos que se animaban a pedalear y quienes preferían acompañar caminando o en auto compartieron aquel día algo que iba mucho más allá del ejercicio físico: organización, cuidado mutuo, esfuerzo y una alegría difícil de explicar con palabras. Llegar sin tropiezos, entre todos, fue un logro enorme para una comunidad que recién empezaba a construirse.
De la Costanera a la Isla de los Patos: la tradición se instala.

Una vez instalados en el Colegio que hoy conocemos, la bicicleteada ya era parte de nuestra identidad. Había que encontrar el lugar ideal: seguro, cercano, con espacio para soñar en dos ruedas. La Costanera fue ese lugar durante años, con recorridos pensados para cada edad. Los más grandes se animaban incluso a llegar hasta la Isla de los Patos, en fila india, con las medidas de seguridad bien aprendidas de antemano.
Cada Semana de Santo Domingo se transformaba así en una fiesta completa: procesión, misa, chocolatada… y una bicicleteada que llevaba la alegría del aula a las calles, con canciones, juegos y agradecimiento.
Un nuevo hogar: la Reserva Natural San Martín y el Parque Kempes.

Con el tiempo, la ciudad creció, el tránsito también, y la seguridad de los alumnos siempre fue y sigue siendo la prioridad número uno. Así llegamos a la Reserva Natural San Martín con el Nivel Primario y al Parque Kempes con el Nivel Inicial, espacios que reúnen todos los que buscábamos: contacto con la naturaleza, cuidado de la Creación y el lugar perfecto para seguir sosteniendo esta tradición.

Hubo que resolver mil imprevistos: el traslado de las bicicletas, ruedas pinchadas, cadenas que se salían, el clima que no siempre acompañaba. Pero nada le ganó nunca a las ganas de celebrar.
Más que una bici: lo que esta tradición les enseña a nuestros alumnos

Detrás de cada bicicleteada no hay solo una actividad recreativa. Hay una verdadera escuela de vida:
- Esfuerzo y perseverancia: llegar a la meta, aunque el camino canse.
- Trabajo en equipo: organizarse, cuidarse y acompañarse entre todos.
- Autonomía: esas bicis que llegan con rueditas y vuelven a casa sin ellas, porque el niño aprendió a sostenerse solo.
- Generosidad: compartir la bici con quien no tiene, o llevar atrás a un compañero.
- Alegría genuina: tocar la bocina, decorar la bici, cantar en el camino.
Y por supuesto, los beneficios que toda actividad física aporta al desarrollo infantil: coordinación motriz, salud cardiovascular, autoestima y ese vínculo tan especial que se construye entre pares cuando comparten un desafío físico juntos, al aire libre, lejos de las pantallas.
¿Por qué seguimos pedaleando, 38 años después?

El objetivo de 1988 de festejar, compartir y animarse sigue intacto. Pero hoy se le suma algo más: la conciencia de estar sosteniendo una tradición que forma parte de nuestra identidad como comunidad educativa. Cada Agosto, cuando las bicis se preparan y los cascos se ajustan, no sólo se organiza un evento: se renueva una promesa.
La promesa de seguir enseñando que el esfuerzo vale la pena, que el camino se hace mejor en compañía, y que a veces las lecciones más importantes no sólo se aprenden en un pizarrón, sino pedaleando codo a codo, con el viento en la cara y la meta a la vista.
Hoy, cada nueva bicicleteada vuelve a poner en movimiento aquella primera idea de 1988: celebrar juntos, compartir y animarnos a ir un poco más allá. Porque algunas tradiciones no sólo se conservan; se viven, se comparten y se transmiten de generación en generación.
Y mientras haya una bicicleta, un camino y una comunidad dispuesta a pedalear junta, esta historia seguirá escribiéndose.

